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sábado, 9 de abril de 2011

Un guardia, un pero, una historia



Probable mente esta sea una noche como otra cualquiera, aquí en el puerto.

Hoy con casi dos grados bajo cero apenas se siente el olor del gasóleo que desprenden los depósitos de abastecimiento de los muelles.
Al llegar al puesto de guardia, faltando cinco minutos para las diez de la noche y como siempre con medio cigarrillo fumado miro el movimiento portuario y veo que se presenta una noche tranquila fría pero tranquila. Me cambio de ropa y empiezo mi primera ronda por los muelles con Gaston mi perro y compañero de guardia.
Terminando la ronda por el muelle cinco Gaston se queda unos metros detrás, lo llamo pero me mira y como si me hablara entiendo que tengo que ir hacia el, sin pensarlo me acerco y le digo ¿Que pasa Gaston? y mira hacia un viejo barco, yo me inquieto por la fe que le tengo a mi perro se que pasa algo; seguimos directos hacía el barco pero por sus dimensiones no me animo a subir a bordo para inspeccionarlo. Me detuve un largo rato, medio escondido detrás de un contenedor y en absoluto silencio, Gasaton sentado y con las orejas bien paradas ni se mueve. Los dos estamos total mente pendientes de lo que pueda pasar.
Empiezo a estar cansado y las piernas se me adormecen.
Gaston, inmóvil y jadeante me mira y decido subir a bordo.
Con pasos muy lentos empiezo a casi deslizarme por la trampilla, Gaston apenas unos pasos por delante mío, olfatea cada rincón, cada cavo y de repente sale corriendo bodega abajo.
Lo llamo y solo siento unos ladridos casi metálicos; es un viejo carguero abandonado hace algunas décadas y mi comportamiento me asusta pues no era la primera vez que lo abordaba.
Me decido a bajar a la bodega en busca de mi fiel compañero y de repente veo una sombra, ¡Quien anda hay!, grito y a penas se mueve. Decido acercarme con mucho cuidado pues veo que Gaston esta sentado a su derecha y eso me da una ligera confianza.
A medida que me acerco veo que es un anciano. Un hombre rudo de espesa barba y aspecto de marinero. Me saluda con una voz muy cálida y serena. ¡Buenas noches! me dice y yo le contesto con voz muy pausada ¡Buenas noches anciano!.
Me pide que me siente al rededor de una vieja estufa de queroseno, con una leve llama, pero suficiente para hacer un ambiente más agradable.
Yo le pregunto que hace en el viejo barco, y con la misma tranquilidad empieza a explicarme su historia.

Me llamo Hugo y hace muchos años que salí de Buenos Aires en dirección a Galicia.
Sorprendido le pregunto ¿Este barco lleva más o menos treinta años abandonado?, ¡Si! me responde, pero es que hace más de cuarenta que salimos de viaje.
Por unos momentos creía estar dentro de una de esas novelas de intriga de los años treinta.
El viejo marinero empezó a contarme un viaje apasionante, cargado de aventuras y misterios por muchos y diferentes puertos, y en cada uno de esos puertos abandonaba el barco un marinero.
Yo estaba absolutamente fascinado por las historias que me contaba.
Le pregunto, ¿Hugo, que paso contigo?, esa es mi historia.
Cuando salí de Buenos Aires, lo que yo quería era llegar a mi Galicia, volver a mi casa y ver a mi familia, pero tengo miedo. ¡Miedo de qué! le dije; el me miro a los ojos con esa mirada de un hombre de mundo y un corazón cansado.
Miedo de que no haya nadie para recibirme, miedo de lo que dejé a mi partida, y más aún miedo de aquel bebe que estaba por nacer y que nunca vio a su padre.
En esos momentos sentí una profunda tristeza y una lágrima fría recorrió mi mejilla.
No te entristezcas amigo, me dijo el viejo marinero, y me puso su mano en el hombro. Hoy por fin saldré para mi aldea. Ahí me dí cuenta de lo que hacia rato sospechaba, era un espíritu, el que me hablaba y por eso al darme la mano sentí esa sensación fría y aspera, como cuando tocas algo sin vida.
Hugo estaba emocionado por muchas razones pero yo estaba más aún. No me podía creer lo que me estaba sucediendo.
De repente se levanta y me dice me acompañas. Yo sin dudarlo le dije claro amigo.
Gaston, Hugo y yo empezamos a subir. Al mirar me di cuenta de que era ya de madrugada. ¡No me lo puedo creer!, me pase toda la noche hablando y no me e dado cuenta, le dije a Hugo.

Cual fue mi sorpresa cuando llegamos a proa, el anciano era un hombre joven y de repente estaba caminando hacia los muelles con una sonrisa y me decía adiós con la mano mientras echaba una bocanada de su pipa.
Esto no se lo puedo contar a nadie, le dije a Gaston, por que me echan por loco.
Desde entonces cada noche cuando estoy cansado me bajo a la bodega y me enciendo la vieja estufa, agarro un libro y me sumerjo en la lectura.
Se que hay más marineros solo espero que tengan el valor de Hugo para emprender el viaje de vuelta a casa. ¡Como lo sé!, Gaston los presiente y yo solo espero acompañarlos hacia la proa, para mostrarles el camino de vuelta.

Firmado: oswen

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